No es tarde pero el calor y el aire húmedo, y demases que no sólo tienen que ver con lo climático, nos tienen con los ojos inyectados en rojo y gordos. Así todo Marcos y Andrés apoyan lo que les queda en los apuntes. El humo del cigarrillo sale despacio y se pierde por la ventana que tengo abierta a mi espalda, por donde entran mosquitos y una idea de frescor y olor a eucaliptos.
Marcos comenta que es evidente que Dios no existe, o que al menos no se merece la mayúscula porque en este momento, o haría que de algún modo entre el olor de esos eucaliptos lejanos o dejaría que por la ventana entre despacio y con olor a iglesia un suave AveMaría.
Andrés: pero que Él no se encarge de la banda sonora de la vida -o de al menos de la noche- es una prueba evidente de que no éxiste, y a la vez, de que sí. Tenemos un Dylan, amigo.
De todos modos no suena nada. Ni por los parlantes ni por la ventanas. Sí cada tanto alguno pasa de página o se levanta por un poco más de café, o un encendedor y las chispas de la primera pitada. O un mosquito, o la pared que vibra despacio cuando pasa un colectivo. O Santiago, que duerme una pared allá, y cada tanto, se agita en el sueño. Y una moto hace un rato. Pero no ulula ninguna sirena, ni ladra un perro, ni se agitan las sombras de una fila de árboles viejos.
El silencio a esta hora es esa música de ruidos mínimos y de ruidos posibles.
Marcos: "Ruidos y ruiditos" fue el primer compact que tuve. Tenía la tapa violeta. Me lo regalaron a la salida del colegio, un día de sol.